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Los límites difusos de los Obispados de Zamora y Salamanca hacia 1185

Haciendo la siega tradicional
Ya se ha dicho que hacia 1162 se conceden fueros a Ledesma y Ciudad-Rodrigo, y ello a pesar de que al principio de siglo XII la zona ya estaba controlada totalmente por el reino leonés. Sin embargo, se observa un paisaje dominado por bosques y con muy poco aprovechamiento agrícola. El rey Fernando II acude a nobles y monasterios para hacerse fuerte en determinados enclaves fronterizos, y también a las Órdenes militares, ya sean de Santiago, la Hermandad de los frates de Ávila, etc.
Los límites de los Obispados de Zamora y de Salamanca estaban aún por determinar, y parece que la frontera natural iba a ser el río Tormes. Mirado desde Salamanca, se denominaba “Citra-Tormes”: la parte más cercana de la región de Salamanca, y “Ultra-Tormes”: la parte más alejada.
Así, tenemos un acuerdo de términos del año 1.185 entre los Obispos de Zamora y Salamanca que nos dan bastantes noticias sobre aldeas e iglesias pertenecientes al Obispado de Zamora y sitas en la región de Salamanca, concretamente “Ultra-Tormes”:
“…et illas alias ecclesias que sunt ultra Tormes, scilicet, Ecla, Encinasola, Barrochopardo, Saldania,… et abrenunciat questioni de Aldea de Martin Iustiz, et del aldea de Martin Tellez, et ville que dicitur Septem Ecclesie, et de Falafeios, et de Penela, et questioni Castri de Ledesma et Fiscali Maioris.”
Tenemos aquí una clasificación primera de aldeas y villas que pertenecieron desde la primera repoblación al Obispado de Zamora, ya antes de 1185, la mayor parte de ellas están situadas en los límites geográficos, y siguen una línea geográfica clara:
Ecla: Yecla de Yeltes. Saldannia: Saldeana. Encinasola: Encinasola de los Comendadores. Barrochopardo: Barruecopardo. Septem Eclesie: Siete Iglesias de Alaejos. Falafeios: Alaejos. Penela: posible Pereña de la Ribera.
Respecto a Aldea de Martin Iustiz y Aldea de Martin Tellez: su emplazamiento bien podría ser en el borde de Ledesma: Aldea de Ávila: Aldeadávila.
El Obispado de Zamora realiza la permuta y renuncia a sus derechos eclesiásticos.
En definitiva, en estos primeros momentos de Repoblación leonesa comienzan a establecerse los límites y las competencias de los obispados, así como sus poderes-amplísimos-. Quedaba aún muchas facetas por organizarse, y las iglesias que conocemos hoy en día, tardarían todavía casi un siglo en comenzar a levantarse.
Aldeadávila: “el habla de la Ribera” 1.894-1.917
En 1947 Antonio Llorente Maldonado de Guevara publica su obra: “Estudio sobre el habla de la Ribera” (Comarca salmantina ribereña del Duero). Tesis y Estudio salmantinos, Vol.V, texto fundamental para conocer cómo era el dialecto leonés o bable hablado en todo el Oeste salmantino, y dónde se mantenía más vivo el dialecto y las costumbre ancestrales: La Ribera y El Abadengo salmantinos.
Este excelente trabajo viene a culminar una serie de trabajos lingüísticos e históricos previos, desde 1.894, época de gran riqueza económica en nuestra comarca, y marcada por un interés de los académicos e instituciones públicas que contrasta con el ambiente de apatía actual.
El dialecto salmantino, o “charruno” como era llamado a comienzos del s.XX fue reduciéndose de territorio, y los vestigios lingüísticos que se conservaron hasta después de la Guerra Civil en Las Arribes y El Abadengo, no sería sino una parte de dicho “dialecto salmantino”. Así podemos decir, que la pérdida de esta habla, no sólo corresponde a nuestra comarca, sino que sería más general de toda la provincia.
Uno de los primeros trabajos fue: “Estudios de Fonétika Kastelána” del salmantino D.F. Araujo, publicada en Madrid y París en 1.894. Pero el verdadero iniciador fue Manuel Fernández de Gata y Galache, farmacéutico de Villavieja de Yeltes, y gran conocedor de La Ramajería y La Ribera. Gran parte de su vida la dedicó a elaborar un diccionario de nuestra habla perdida, que publicó en Salamanca en 1903, en su obra: “Ociosidades” y “Vocabulario charruno“, por otra parte recorrió gran parte de nuestros pueblos recogiendo vocabulario. Menéndez y Pidal publicó por la misma época, 1906, su obra “Estudio del dialecto leonés“.
Para este sabio, el habla de la Ribera pertenece al grupo leonés oriental. Federico de Onís aprovechó esta temática para elaborar su tesis doctoral: “Contribución al estudio del dialecto leonés” que se publicó en salamanca en 1909, y en la que se deica a rastrear en documentos del s.XIII conservados en el Archivo de la catedral de salamanca, rastros del leonés hablado en aquella época.
finalmente, vamos a terminar esta introducción hablando del profesor de hamburgo Fritz Krüger: “Studien zur Lautgeschichte Westspanischer Murdarten”, trabajo más extenso de 1.914 en el que habla de los dialectos usados en el oeste de españa desde zamora hasta Cáceres, pero con la excepción del habla de La Ribera, quizás porque reconocía que ya había valiosos estudios. Durante estos trabajos estuvo residiendo en la villa zamorana de Fermoselle, separada de la ribera por el río Tormes, pero con frecuentes tratos con Villarino de los Aires. Allí pudo escuchar a fermosellanos y villarinenses explicarle particularidades del habla del pueblo de Villarino de los Aires.
Continuaremos en fechas próximas hablando sobre el “Habla de la Ribera”, gran valor de nuestra tierra y que lamentablemente ha desaparecido casi por completo.
Fermoselle:”La Historia de la cruz de San Lorenzo”
Mi apreciado paisano Luis Alvarez, natural de la villa fermosellana de Fermoselle me habló hace días de una historia de rencillas terminada en tragedia… Me recordó a una historia parecida contada por mi abuela Anastasia Sánchez Martín, y ocurrida antes de la guerra civil allá en tierras de Aldeadávila.
La historia que me pasa Luis, está recogida en el libro: Donde Sayago termina…” pp.81 al 84, y dice así:
“Y ya casi al salir del pueblo por las Fontanicas, se oye al ayudante de don Jerónimo el albéitar, que calza a una mula. Sus golpes seguirán llegando hasta nosotros cuando ya estamos lejos, en la carretera.
Mas poco importan los rumores. Verdad que ahora escuchamos el chirriar de un cigüeñal, que hunde su vara con la herrada en las entrañas frescas de un pozo, en una huerta cualquiera en la que andan a regar, al tiempo que nos llega, ¿cómo podría faltar? el cariñoso y turbador rumor de una pareja de rollas, que celebran bodas en su nido.
Esta noche ha llovido y huele a tierra mojada, prometedora y fecunda. Por entre los resquicios de las peñas han nacido las violetas humildes, en roldes, al umbrío de aroma fino y sutil en esta mañana limpia. Los árboles abren ahora sus yemas y despliegan sus amentos, y perfúmase fuertemente el camino al andar, cuando hollamos las matas de los tomillos salsero y aceitunero, los almoraduces y hortelanas.
El aire está muy puro, tanto que, desde la Ronda, llega a verse el humo del tren portugués allá en lo alto, muy lejos. A poco y débil llega atenuado el silbo de su locomotora. Tren que no exentos de melancolía, oyen en las tranquilas noches veraniegas los fermosellanos, y cuyas lucecitas ven pasar un momento, lejanas.
Por el camino tortuoso que baja hasta el Tormes, entre musgos amarillentos y verdes aceos, va don Ambrosio el cura en su pollina, resiganada y mansita. De ambaladura tranquila, va leyendo el breviario que sostiene entre sus manos, ajeno al paisaje que le rodea. De trecho en trecho, cuando el animalito vacila o se detiene, antes de franquear un mal paso, alza la vista mirando a las viñas, en las que empiezan a brotar unas hojitas tiernas.
Hace don Ambrosio un breve alto con unos hombres, que trabajan sus tierras en las Peñicas para echar con ellos un cigarro. A poco de este encuentro habrá una nueva parada. Baja de la burra que deja atada a una cerca. Anda pocos pasos hasta dar con una cruz de hierro, con pintura metalizada, que se hinca en un amplio dado granítico. Aparentemente normal, vista de cerca, tiene la cruz algo extraño. Son sajaduras que allí se han marcado, manifiestamente adrede y la llenan por todas partes. Cuáles más largas, otras más leves y cortas. En un recuadro, que corresponde al lugar que ocuparía el corazón del crucificado, si lo hibiera, hay varias señales. La cruz porta consigo más de sesenta muescas bien visibles.
¿Por qué está allí la cruz y qué representa?
Pasó ya hace muchos años, tantos, que rondan con el siglo. Don Manuel González, médico de Villarino, el inmediato pueblo salmantino de la otra banda del Tormes, tenía novia en Fermoselle. Una noche riñó con los mozos por cuestiones de honrilla y celos tontos, como ocurre cada vez que una moza de la villa es requerida por un forastero. Don Manuel iba a verla a caballo todos los sábados, y regresaba el domingo por la noche, después de haberla rondado. Tras sus palabras con los mozos, el inmediato domingo, su caballo que iba al galope, tropezó con unas piedras y cuerdas que interceptaban su camino. Cayó el jinete, y hasta media docena de mozos lo hicieron sobre él, cosiendo su cuerpo a puñaladas. A la mañana siguiente unos hombres que iban a labrar las viñas a Las Horretanas, hallaron su cadáver, cercano a la ermita de San Lorenzo, medio escondido entre unas matas. Téngase empero en cuenta que lo anterior es en buena parte mera conjetura aproximada, pues nadie a ciencia cierta os dirá cómo aconteció el bárbaro crimen, y repetimos lo que es tradición común en Fermoselle.
Un día cualquiera, meses más tarde, apareció la cruz tal como hoy se encuentra, al borde del camino, en el lugar mismo del crimen. Era de hierro y con la singularidad de tener grabadas en ella, las sesenta y tantas puñaladas que aquella noche le asestaron. Los golpes con su hondura, estaban perfectamente marcados. Nadie sabe aún quién la puso ni cómo; apareció allí y basta.
En el amplio basamento berroqueño en que se espeta, una inscripción muy firmemente labrada, en tres de sus caras, dice así:
AQUI FUE ASESINADO DON MAN/EL GONZALEZ CIRUJANO POR MA/O DE TRAIDORES. 18 TBRE? 1848.
Don Ambrosio ha rezado ante ella un momento, como acostumbra a hacer siempre que va a visitar su olivar de Valcuevo, como hoy, en que ha dejado encargado al coadjutor las tareas de la parroquia y el ocuparse del ángelus meridiano.
Ya en la noche, el cura ha ido a jugar su habitual partida a la botica de don Leocadio y demás contertulios. Antes de comenzarla, y de que los naipes inicien su ronda y agitado vaivén, don Ambrosio ha comentado con sus amigos aquel extraño crimen, ya tan lejano, pero que ha dejado patente un cierto resentimiento entre Villarino y Fermoselle, no extinguido aún.
Todos han dado su opinión sobre el caso, pues conocen bien la Cruz de San Lorenzo, como es llamada en el pueblo, por haberla visto docenas de veces al pasar por allí, en sus partidas de caza o en los viajes a Salamanca, cosa de media legua de la última casa fermosellana.
Pocos minutos más tarde el juego está caliente y todos, cura incluido, han olvidado el misterioso suceso, pues sólo imperan con su ley, oros, copas, espadas y bastos.
Y hasta aquí esta leyenda del siglo XIX, rescatada de la bella localidad de Fermoselle, unida a Villarino y al resto de las Arribes.
Fermoselle, con su casco histórico, bien merece una visita a quien se acerque desde Zamora, y como dice mi tía Josefa Gallego:
“Dos capitales hay:
Fermoselle y Salamanca”.
Nuestra propia idiosincrasia

Chozo típico de las Arribes
Si ya es cierto que la mayor parte de los pueblos y ciudades tratan de definir sus señas de identidad, sus particularidades con gran fuerza, si marcan sus diferencias, este hecho del individualismo se da quizás con más fuerza en nuestra tierra, en las Arribes.
Este afán por la diferenciación llegaba al paroxismo, como cuando los de Villarino y Fermoselle se liaban a pedradas, o lo mismo los de diferentes barrios de Aldeadávila, es decir, dentro de la misma población tiende a reproducirse el modelo.
La visión que tenemos actualmente de Aldeadávila como “un pueblo único y agrupado”, que ha nacido creciendo, es lo más alejado de la realidad, ésta es una idea reciente en la historia, procede de las ideas de fines del s.XV, y sobre todo del XVIII. Esta unión de los diferentes núcleos, con la preponderancia de uno de ellos -aldea d’Auila-, que comenzó a darse en el último cuarto del siglo XV, además no fue una idea original nuestra- me refiero de Aldeadávila- sino una necesidad de defensa y económica que sintieron los habitantes de pequeñas aldeas como Quadrilleros y Alcornocal para poder defenderse de los ataques de nobles poderosos, como el que fuera regidor de Salamanca, García de Ledesma. De estas pequeñas aldeas, nos quedan el registro de iglesias que dependían del curato de Corporario y de Aldeadávila, allá en el siglo XIV y XIV, y de una de ellas la iglesia del s.XIII, por fin reconvertida en monumento y restaurada por el propio Ayuntamiento de Aldeadávila, no sin muchas dificultades, y con poca ayuda. Se conservan los muros de contrafuerte del s.XIII, así como símbolos románicos en su cara Este, y hoy en día es la Oficina de Turismo y Centro de Recepción de Visitantes.
También es necesario situar correctamente la visión que tenemos de las ermitas históricas de Aldeadávila y de Corporario, así como del mito-leyenda de Santa Marina, que no es de Las Uces, según González-Dávila y el Abade de Baçal, sino que sería de Mogadouro. estas ermitas históricas hay que situarlas en un plano comparativo provincial, e incluso de ambos lados de la raya del Duero-Douro: las ermitas, su construcción marcaban en la mayor parte de los casos la ubicación de aquellos lugares que decíamos, y en algún otro caso, o momento de la Historia, se utilizaron como asistencia a peregrinos y enfermos que transitaban por los caminos, y eran tan frecuentes en la Edad Media; frecuentes por las guerras, las luchas continuas, el hambre, las pestes y las expropiaciones de tierras por los nobles.
También hay que romper el mito, de tratar de asociar arcos o fechas de una determinada reforma con la obra en su conjunto, estos arcos, de la segunda mitad del s.XVIII se levantan en un momento de bonanza económica, sobre una obra muy antigua, y también en el momento en que se decreta la demolición de las ermitas de Santiago, San Pelayo y San Marcos.
Todas estas ermitas han visto a lo largo de los siglos, desde el XIII hasta la actualidad numerosas obras, ampliaciones, restauraciones, etc., gracias a ellas las conservamos, pero para ello es necesario analizar las fases de su construcción, sin realizar análisis simplistas.
Los moriscos en Aldeadávila. 1590
Así, sabemos que en 1581, en la provincia de salamanca tocaron los siguientes contingentes:

Calle de Aldeadávila
Alba de Tormes: 132 familias moriscas, Almenara de Tormes: 1, Ciudad Rodrigo:129, Guadramiro:4, Ledesma:1, Lumbrales:1, Rollán:1, La Sagrada:2, etc.
Sorprende el reparto de 1589 y cómo le afecta a Aldeadávila: 23 familias, Béjar: 99, Puerto de Béjar:7, Retortillo:13.
La población morisca, según diversos autores ejercieron principalmente actividad en la agricultura, y aunque eran respetados, debían de mantener sus creencias fuera de la corriente católica tan exacerbada en aquella época, por lo que se tendió a recluirles en barrios apartados del resto de la población, igual que ocurría en los dos siglos anteriores con los judíos, lo que dio lugar a un poblamiento morisco muy abiggardo, que sobresale aún hoy en día en determinadas poblaciones, como es el caso de Aldeadávila, lo vemos en la siguiente figura, en el denominado Barrio de Arriba y La Sierra:
La población morisca residente en los principales concejos de Salamanca, también contribuyó con su presencia a enrarecer el clima religioso y sociológico de aquellos años. Sorprende que en la comarca de las Arribes, y en el territorio del antiguo Concejo de Ledesma, sólo hubiera población mudéjar en Aldeadávila, a excepción hecha de otras dos familias. De hecho, sobre el total de familias pecheras de Aldeadávila, los mudéjares, a raíz de esta incorporación en el siglo XVI suponían entre un 8 y 10% sobre el total, cifra sorprendente. Términos como Barruecopardo, Vitigudino, Lumbrales, Masueco, Villarino, Pereña con una población semejante a la de Aldeadávila no contaban con ningún efectivo. En 1610 se procede a dictar el decreto de expulsión de los moriscos del Reino de Castilla.



