Salamanca: la herencia de los Marqueses del Caballero

El 1º Marqués del Caballero, ayudante de carabineros reales de Carlos IV recibe el título de Marqués, después de librar al rey de recibir una bala en la batalla de Nápoles, pero sin carácter hereditario, que reclamaría después su sobrino José Antonio.

Durante los siglos XVIII y XIX el título lo ostentaron:

1º: Gerónimo Manuel Caballero y Vicente del Campo

2º: José Antonio Caballero y Cabalero del Pozo, casa con Margarita Cerdán

3º: Gabriela Caballero Cerdán casa primero con Fernanado Montoya, y en segundas nupcias con Andrés Rivero.

4º: Fernando Montoya

5º: Soledad Montoya y Caballero casa con José Moyano

 La riqueza acumulada por el 2º Marqués, ministro de Carlos IV fue inmensa, con grandes propiedades en salamanca, Ávila, Piedrahita, El Barco de Ávila y Madrid. Conocemos todas sus proiedades y su valor por un célebre juicio desarrollado en el Tribunal Supremo de Madrid en 1.867, a cuenta de desavenencias entre sus herederos, y en resumen su herencia era la siguiente, en la Provincia de Salamanca y Ávila:

 

“RESULTANDO que después de ello el Comisionado Régio otorgó escritura de venta de la citada Encomienda en 15 de Febrero de 1808 á favor de D. José Antonio Caballero, por el precio de 1.864.239 reales y 7 y un tercio maravedís, que pagó en vales reales:

RESULTANDO que por escritura de 25 de Abril del mismo año (1.808), el Don José y los otros testamentarios de D. Gerónimo Caballero adjudicaron al mayorazgo de este el derecho de patronato y presentacion de las iglesias y curatos de San Juan de Barbalos y Narrillos, y el del patronato de las ermitas del Cristo de Jerusalén, San Pedro del Arroyo y Caballeros, con todas las ejecuciones, prerrogativas, preeminencias y regalías con que le habían sido vendidas al Don José; la casa principal de dicha Encomienda en Salamanca, frente á la iglesia de San Juan de Barbalos con diferentes oficinas, caballeriza, dos paneras, corral y una huerta grande; la heredad de tierra de pan llevar que el propio Don José gozaba por suya propia, adquirida también de la indicada Encmienda en el lugar del Pino, jurisdicción de Salamanca; un pajar que había sido antes una casa; una panera y 102 tierras de pan llevar sitas en el término del lugar de Turra, jurisdicción de Alba de Tormes; 13 tierras de pan llevar en el lugar de Siana; 10 tierras, tres viñas y tres prados en el de Ortigosa; 12 tierras en el despoblado de Berrandilla, y la dehesa término redondo de Penarro, todo de la jurisdicción de Avila, y el término redondo del lugar de caballeros que radicaba en Piedrahita y el Barco de Avila, con la jurisdicción y derechos que pertenecían al Don José en estas propiedades, según la escritura de 15 de Febrero de aquel año de 1.808; y espresaron que estas fincas, patronatos y derechos valían, no solamente los 392.177 reales que habían de invertirse en adquirir bienes para el vínculo del Don Gerónimo, sino mas aún, por lo cual quedaba cumplida la obligación contraída en la escritura de 28 de Julio de 1807″

 

Es decir, el valor de esta Encomienda y y bienes materiales se valoraba en 1.808 en 2.256.416 reales aproximadamente, una de las mayores fortunas de su época.

Como avance de posteriores informaciones sobre los Marqueses del Caballero, os paso una descripción realizada por Benito Pérez Galdós, contenida en su obra: “La Corte de Carlos IV” (serie: “Episodios Nacionales”), muchos años después de conocer a José Antonio Caballero, y que nos muestra la profunda impresión que creó en el novelista nuestro paisano:

 

“No vi a semejante hombre más que una vez, y jamás lo he olvidado. Era de edad como de cincuenta años, pequeño y rechoncho de cuerpo, turbia y traidora la mirada de uno de sus ojos, pues el otro estaba cerrado a toda luz; con el semblante amoratado y granulento como de persona a quien envilece y trastorna el vino; de andar y gestos sumamente ordinarios: en tanto grado repugnante y soez toda su persona, que era preciso suponerle dotado de extraordinarios talentos para comprender cómo se podía ser ministro con tan innoble estampa. Pero no, señores míos. El marqués Caballero era tan despreciable en lo moral como en lo físico, pudiendo decirse que jamás cuerpo alguno encarnó de un modo tan fiel los ruines sentimientos y bajas ideas de un alma. Hombre nulo, ignorante, sin más habilidad que la intriga, era el tipo del leguleyo chismoso y tramoyista que funda su ciencia en conocer no los principios, sino los escondrijos, las tortuosidades y las fórmulas escurridizas del derecho, para enredar a su antojo las cosas más sencillas.


Nadie podía explicarse su encumbramiento tanto más enigmático, cuanto que el omnipotente Godoy no pasaba por amigo suyo, mas debió aquél consistir en que, habiéndose introducido en palacio y héchose valer, merced a viles intrigas de escalera abajo, usó como instrumento de su ambición cerca del Rey, la Iglesia; y adulando la religiosidad del pobre Carlos, pintándole imaginarios peligros y haciendo depender la seguridad del trono de la adopción de una política restrictiva en negocios eclesiásticos, logró hacerse necesario en la corte. El mismo Godoy no pudo apartarle del gobierno ni poner coto a las medidas dictadas por el bestial fanatismo del ministro de Gracia y Justicia, quien después de haber perseguido a muchos ilustres hombres de su época, y encarcelado a Jovellanos, remató su gloriosa carrera contribuyendo a derribar al mismo Príncipe de la Paz, en Marzo de 1808.

Damos estas ligeras noticias respecto a un hombre que gozaba entonces de justa y general antipatía, para que se vea que la elevación de tontos y ruines y ordinarios, no es, como algunos creen, desdicha peculiar de los modernos tiempos.”

 

 

 

 

José Antonio Caballero retratado por Goya (Museo del Prado).

 

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